domingo, 27 de julio de 2014

Amor y puntos suspensivos (Relato corto)

Con la llegada de septiembre, llegarían también sus segundas vacaciones como “single”. Esa palabreja tan chic y de moda, que no deja de ser una máscara para evitar decir que realmente no compartes tus despertares con nadie.

Hacía ya dos años que su relación con Mario había terminado. Desde entonces había tratado de parchear su corazón descosido, pero el arte del buen zurcir nunca se le ha dado bien.

Muchas veces sigue pensando que lo encontrará al llegar a casa, que en cualquier momento sonará su teléfono y escuchará su voz para pedirle una nueva oportunidad. Aún busca su olor a loción de afeitar o el perfume que tantos años impregnó su almohada. 

En esos momentos, cuando los recuerdos atacaban sin piedad, Verónica era más consciente que nunca de su realidad, llevaba mucho tiempo siendo la única dueña del mando a distancia.

-”No se puede obligar a nadie a quererte. Se acabó el amor y sucedió lo que tenía que suceder”- se decía. Muchas veces para evitar ahondar en los por qué, dos años atrás, decidieron soltarse de la mano para continuar por caminos diferentes. De mutuo acuerdo, sin escenas de reproches, sin gritos, sin faltas de respeto. Sólo con alguna lágrima furtiva surcando las mejillas de ambos.

Desde hacía meses apenas compartían buenos ratos. Habían dejado de salir juntos a divertirse, ni reían juntos.Tan ocupados siempre en los problemas del trabajo y en mantener a flote una economía en declive, que no permitía muchos lujos ni caprichos.

Poco a poco empezaron a convertirse en dos extraños que se conocían sin reconocerse.

Verónica al principio no le dio demasiada importancia, pensó que quizás se debía a un mal momento, pero estaba segura de que pasaría. Si hubiera algo más, Mario se lo contaría como había hecho siempre. Pero nunca hubo una explicación, aunque ella trató de buscarla, sin éxito alguno hasta que terminó por jugar al mismo juego.

Sin darse cuenta, la rutina y las obligaciones se impusieron a todos aquellos momentos que diez años atrás los habían unido. Una década compartiendo los mismos sueños que hoy reposaban en camas distintas y quizás, con personas distintas.

Habían perdido todo contacto, pero Verónica sabía por algún amigo común, que Mario había salido con varias sustitutas, aunque no tenía la certeza absoluta de que hubiera encontrado a la mujer definitiva.

Ella por su parte, también había salido con otros hombres en un intento de sentirse mujer, aún después de cumplir los cuarenta. Esa edad en la que te sientes un poco extraña ante determinadas situaciones nuevas, porque ni eres tan joven para hacer tonterías, ni lo suficientemente mayor como para llevar una vida demasiado aburrida, sin sobresaltos.

Citas a ciegas que sus mejores amigas se empeñaban en organizar para ella y de las que al final, sólo quedaban algunas anécdotas para escribir en su diario de single o compartir con ellas tomando un café.

No quería reconocer que en aquellos desconocidos, de alguna manera, esperaba reconocer el brillo de los ojos de su ex, porque a Mario siempre le brillaban los ojos cuando la miraba, aunque en los últimos meses de relación, ese brillo se hubiera apagado.

Mario había pasado por varias camas, había salido con algunas compañeras de oficina, dispuestas a conquistar a un hombre como él, que durante tanto tiempo había sido inalcanzable. Se había ganado la admiración entre las féminas de su empresa, porque era de esos pocos hombres, que no giraban la cabeza ante unas piernas enfundadas en altos tacones, ni tomaban nota mental de la talla de sujetador de su compañera.

Desde la ruptura con Verónica, su soltería se convirtió durante varias semanas, en la comidilla de las reuniones improvisadas en torno a la máquina de café.Sus compañeras especulaban e inventaban toda clase de razones para explicar los motivos, inclinándose siempre la balanza hacia una infidelidad por parte de Verónica, que lo había dejado a él fuera de combate.

Mario era un hombre prudente. Jamás hablaba de su vida privada y mucho menos de lo que aún sentía por Verónica. Ni él mismo quería admitir que su nombre le seguía quemando por dentro. Su recuerdo seguía haciendo que se estremeciera.

Muchas veces deseaba que le avisaran desde centralita de que su chica estaba al otro lado del teléfono, como antaño, cuando todo el estrés se esfumaba como por arte de magia cuando la escuchaba. Verónica tenía esa capacidad de hipnotizarlo sólo con su voz.

Para volver a la realidad, Mario se recordaba a sí mismo que esa relación se había terminado. Ambos habían decidido cerrar aquella historia. Ella no había puesto ningún tipo de objeción y no sería él quien diera su brazo a torcer.

Había sido bonito mientras duró, pero no podía olvidar que los últimos meses ni ella ni él se reconocían en lo que fueron, dos enamorados dispuestos a comerse el mundo.

-"Es lo que hay"-pensó Mario-y echó la vista atrás en un análisis improvisado de los últimos meses que pasaron juntos.

Las jornadas laborales ya no eran de ocho horas. El tiempo de ocio fuera de casa se sustituyó por pizza congelada y cerveza del supermercado (la que estuviera en oferta). Las noches que podían salir a bailar estaba demasiado cansado como para mover un sólo músculo. Hasta sus relaciones íntimas habían disminuido y las pocas veces que hacían el amor, terminaban casi sin mediar palabra. Buena culpa de ello la tenía el despertador, que sonada cada vez más pronto desde que en su empresa habían impuesto una jornada laboral más larga, en un intento desesperado de aumentar la productividad, tras una reducción de personal de la que él se había librado.

Esa espada de Damocles sobre su cabeza, no le permitía sentirse libre, y lo alejaba cada día más de ella, que por otra parte, tampoco hizo nada por mejorar las cosas. Simplemente se dejaba llevar por el devenir de las cosas, sin pedir ni dar más.

Tenía 45 años y aunque su curriculum como publicista no estaba nada mal, le atemorizaba enfrentarse a una carrera de fondo buscando un nuevo empleo. Jornadas maratonianas buscando un nuevo lugar donde ganarse la vida.

Lo veía a diario, personas de todas las edades, con mucho talento y formación, llegaban a su empresa buscando una oportunidad. Los currículums se amontonaban en el cajón de recursos humanos donde, en el mejor de los casos, quedaban relegados al olvido, porque otros muchos iban a parar directamente a la trituradora de papel.

No fue capaz de confesar a Verónica esos miedos con los que convivía cada día, noche tras noche. No supo hablarle de su frustración ante los despidos de sus mejores colegas de oficina. No quiso contarle que quizás él sería el siguiente. Por eso debía demostrar más que nunca, que era bueno en su trabajo, aunque ello supusiera aceptar trabajar más horas y una reducción de salario que se notaba y mucho, en la economía doméstica.

A veces era más fácil fingir un desánimo absoluto para evitar salir de copas y ahorrar algo de dinero. Así evitaba contarle a Verónica que debían estudiar la posibilidad de prescindir de ciertas cosas que hasta el momento formaban parte de su cotidianidad. Era incapaz de arrebatar su ilusión de mudarse a una casa más grande, por si se hiciera realidad el deseo de formar una familia.

En el último año, su situación laboral había mejorado. Los miedos y fantasmas que habían teñido de negro su futuro más inmediato, poco a poco habían ido disipándose. Gracias también a la ayuda de su amiga Laura, psicóloga de profesión, con la que había mantenido varias sesiones extraoficiales de terapia, mientras tomaban una caña, como cuando iban juntos a la Universidad.

Laura, más como amiga que como profesional, siempre le repetía que se había dejado llevar por los acontecimientos sin que estos hubieran llegado. Había dejado escapar a la que, sin duda, era su perfecta mitad por no atreverse a asumir sus miedos y dejarse ayudar. Su amiga estaba segura de que Verónica no habría permitido que se hundiera solo en sus problemas y se habría convertido en su mejor salvavidas.

Estaba convencida de que Mario, su amigo de toda la vida, estaba pagando un alto precio por su inseguridad, por el miedo a perder a la mujer que lo complementaba, haciendo para evitarlo, todo lo que no se debe hacer. Anteponiendo su miedo a un despido y a no disponer de recursos para materializar sus planes, a lo realmente importante, una relación que durante años fue su mayor soporte.

-”Así es la vida Laura”- decía él. -“A veces se gana y a veces se pierde, y a mi me tocó perder. Nos habíamos alejado demasiado y nos mirábamos sin vernos. No supimos deshauciar la rutina que llegó a casa para instalarse. Han pasado dos años y probablemente me haya olvidado. Con total seguridad habrá rehecho su vida. Es una mujer muy atractiva e inteligente. Ojalá haya encontrado la felicidad que tanto perseguimos juntos y dejamos escapar”-.

Con una sombra en la mirada, Mario terminó la que era su tercera cerveza de un viernes por la tarde.

En su casa, Verónica había preparado toda suerte de aperitivos salados y algunas latas de coca cola, para pasar ese viernes noche haciendo zapping frente a la televisión. Ese fin de semana sus mejores amigas tenían la agenda ocupada, con lo cual tendría que idear algún plan para ella. Esperaba que el sábado amaneciera invitándola a coger la toalla y un buen libro para tumbarse al sol y con suerte, hasta darse un baño de agua salada. La playa era de aquellos pocos planes que no tenía problema en ejecutar de forma individual, pero el tiempo era tan variable, que no sabía si era más oportuno ponerse el bikini o una buena sudadera.

En esos pensamientos estaba enfrascada cuando reparó en un anuncio publicitario que había visto miles de veces, y al que ésta vez decidió prestar un poco más de atención. Una página para solteros exigentes. Ella era exigente. Lo demostraban sus dos años de soltería, sin conformarse con amores pasajeros ni citas preparadas, por muy bueno que fuera el restaurante o por muy inflada que estuviera la Visa de quién invitaba.

-”¿Por qué no?”- se preguntó a si misma. -“Quizás haya alguien tan exigente como yo esperándome al otro lado de la pantalla. Quizás a pesar de todo, encuentre a alguien que lleve buscándome toda la vida y resulte ser el compañero ideal para compartir cada uno de mis días”-.

Limpió la capa de polvo que cubría su ordenador portátil y lo encendió. Tecleó aquella dirección que aparecía en el anuncio y una pantalla de un azul brillante se abrió ante su atenta mirada, mostrando un montón de nombres de supuestos solteros exigentes.

-”A ver Verónica, empecemos por filtrar nombres haciendo una lista de exigencias básicas o estaremos aquí toda la noche”-se dijo.

Edad: más de 40 y menos de 50 
Altura: entre 1,70 y 1,85

Pulsó enter. La lista seguía siendo demasiado larga, habría que filtrar un poco más.

-”Puestos a ser exigentes, que tenga pelo y una bonita sonrisa (al menos que tenga todas las piezas dentales), vehículo propio y estudios superiores. Seguro que así, ahorro tiempo”- pensó en voz alta.

Efectivamente la lista se había reducido considerablemente y ahora sólo era cuestión de empezar.

Fue leyendo perfiles hasta que su mirada se detuvo en una fotografía. Era la imagen de unos ojos que le resultaban extremadamente familiares. Sólo unos ojos, era todo cuando podía observarse en aquella imagen. Desplegó la descripción de aquella mirada y leyó lo siguiente:

Hombre de 45 años, soltero y sin hijos. Licenciado en Marketing y Publicidad desea conocer a alguien que le devuelva las ganas de enamorarse, tras perder por estúpido y cobarde, al amor de su vida. Alguien con quien comenzar un nuevo proyecto.Busco a una mujer que llene mi cuerpo de cosquillas y le devuelva a mis ojos el brillo que con ella, se marchó. Sólo quiero conocer a una chica que sea capaz de regalarme la luna con un beso y que me llame al trabajo para quitarme el estrés.Que le guste salir a bailar, la pizza congelada y desayunar fuera los domingos.Una mujer que tenga la capacidad de hacerme olvidar su nombre, el sonido de su risa y me ayude a recuperar el sentido de una vida que sin ella, es menos vida. 
Si cumples con todas estas exigencias, no dudes en contactar conmigo. Mi nombre es Mario”.

Verónica estupefacta y temblorosa leyó tantas veces aquel mensaje que hubiera sido capaz de recitarlo de memoria. Abrió una botella de vino, de esas que guardaba para ocasiones especiales y encendió un cigarrillo en un intento desesperado de calmarse.

El corazón le latía aceleradamente y sonaba tan fuerte que parecía escuchar su eco en el salón de su pequeño piso.

No daba crédito a lo que acaba de descubrir. Era incapaz de poner orden a las miles de cosas que pasaban como estrellas fugaces por su mente. Así que él no había dejado de quererla. Mario no la había olvidado.

Sin perder más tiempo sus dedos teclearon apresuradamente una respuesta para los ojos de aquel amor inconcluso, que ahora la miraban a ella.

Cumplo con cada una de tus exigencias, salvo que no quiero que olvides su nombre ni el sonido de su risa.Me gusta salir a bailar pero tampoco me importa quedarme en casa a comer pizza congelada y beber cerveza de oferta. Desayunaremos fuera los domingos y te regalaré la luna en cada uno de mis besos.Estoy dispuesta a retomar ese proyecto de vida que se cerró por no tener la valentía de mirarnos a los ojos. Por esperar que fuera el otro, quien diera su brazo a torcer”.Tuya siempre...Verónica.

Pulsó con tanta fuerza la techa para enviar que temió haber despertado al vecino. Sus ojos estaban abiertos como platos, incapaz de pestañear para asegurarse de que su mensaje había sido enviado correctamente al destinatario de aquellos ojos.

-”Mario, Mario, Mario...”-repetían sus labios en voz alta.

Y de pronto, un mensaje apareció en la pantalla del ordenador. Leyó atropelladamente aquel aviso que decía. "Lo sentimos, el mensaje no pudo ser enviado al destinatario, puesto que este perfil ha sido desactivado por el usuario en las últimas 24 horas”.

No daba crédito a lo que leía. Un día, sólo un día, 24 horas de nada, la volvían a separar del que, sin duda, era la persona que llenaba su vida cada amanecer. Ahora más que nunca estaba convencida de ello pero quizás era demasiado tarde...



lunes, 14 de julio de 2014

No quiero ser tu mitad

Después de pasar demasiado tiempo sin actualizar, espero que aún haya alguien por ahí con ganas de leerme. Me basta con una sola persona que haya extrañado mis retales. Si ese alguien eres tú...GRACIAS.

Espero que disfrutes de mi nueva creación literaria, y si te apetece, ayúdame a seguir creciendo haciéndote seguidor/a del blog así como a través del enlace que te llevará directamente a mi página de facebook.

NO QUIERO...

No quiero ser tu mitad, quiero ser tu complemento
no quiero inspirar tus palabras, sino llenar tus silencios.
Y Llenarme con tu boca y vaciarme con tus besos
estremercerme entre tus brazos y hacer los minutos eternos.

No quiero ser una promesa, ni un sueño por cumplir
sino la compañera imperfecta, que elijas para vivir.
Y perder el tiempo juntos, invadirme con tu pena
superar cada tristeza y reír hasta que duela.


No quiero ser el vestido que desgarres por la noche
sino la piel que te acompañe, sin hacer ningún reproche.
Y amarnos bajo una luna inventada y ver estrellas fugaces
servirte como almohada y que el sueño no se acabe.

No quiero ser el sujeto singular de ninguna de mis frases
sino "juntos" el plural de cualquiera de los verbos
donde se pueda conjugar el "nosotros", sin ningún tipo de critero.
Y cogernos de la mano y hablarnos en silencio
desnudarnos sin vestirnos y recorrer el mundo sin movernos.

No quiero ser tu mitad, quiero ser tu complemento.
 

viernes, 21 de febrero de 2014

Amor y Desamor

¿Cómo se desenamora uno?¿Se puede dejar ir a alguien de quién estamos enamorados?

Hoy casualmente escuché estas preguntas que me han inspirado a escribir este post.
Es evidente que el amor no desaparece de la noche a la mañana, como tampoco se hace de noche recién despertado el día.
El desamor, al igual que el amor, se fragua paso a paso, día a día. A veces sin prisa y otras sin pausa.
Me atrevería a decir que incluso a veces, el amor y el desamor van de la mano. Todo depende de cuál de los dos tenga más empuje, más fuerza, más motivos para llegar a meta como si de una carrera de fondo se tratase. 
Sé que dicho así suena un tanto extraño, porque solemos tener un concepto idealizado del amor. Vencedor siempre, capaz de superar todos los obstáculos, el que todo lo puede.
El desamor no llega de repente. No te levantas una mañana y te das cuenta de que ya no estás enamorado.
El desamor es el resultado de sumar decepciones y restar sonrisas. De multiplicar desencuentros y dividir caricias.
Como todas las cosas importantes de la vida, el desamor también lleva un proceso, aunque a veces éste es tan rápido, que no somos conscientes de que “aquellas mariposas” que revolotearon un día en nuestro interior, hace tiempo que no se mueven. (Hace poco leí que el animal más peligroso que existe son "las mariposas del estómago")
Tratamos y tratamos de convencernos de que volveremos a sentir lo mismo por la persona con la que un día queríamos envejecer. ¡Cómo si pudiéramos enamorarnos o desenamorarnos cuando nos da la gana!.
Nos cuesta asumir que ya no hay motivos para seguir luchando por aquellos sueños que un día compartimos. Que no podremos alcanzar juntos las metas que un día nos marcamos, porque sencillamente hemos dejado de sentir.
Muchas veces no sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde se acabó el amor. Nos negamos a aceptarlo y nos negamos a asumirlo. No queremos tirar la toalla, porque la mayoría de las personas vivimos el desamor como un fracaso personal.
Son incontables los por qué el amor se termina. El por qué nos desenamoramos.
El desamor es el resultado de muchas circunstancias , momentos y desencuentros no resueltos en tiempo y forma. De muchas conversaciones postergadas. De muchos silencios en el aire. De palabras no dichas o mal dichas. De besos no dados, abrazos no recibidos, verdades a medias y medias verdades.
No somos más maduros por tratar de mantener vivo algo que murió. La madurez consiste precisamente en lo contrario, en admitir que hemos dejado de sentir y un corazón que no late, es un corazón muerto.
¡No podemos estar muertos en vida!.
El amor no es una fuente inagotable, porque hasta los ríos más caudalosos pueden llegar a secarse, si las condiciones climáticas no acompañan durante mucho tiempo.
En el amor no podemos dar por hecho que todo está hecho.
En el amor el tiempo puede ser nuestro mejor aliado pero también nuestro peor enemigo. Porque el amor requiere su tiempo y es precisamente el mal uso de ese tiempo, el que muchas veces mutila el amor.
En cuanto a la pregunta de si dejaríamos a alguien de quién estamos enamorados, se pueden suscitar muchas controversias, muchos debates. Mi opinión sincera basada en la experiencia es un SÍ rotundo.
Soy de las que opino que por mucho amor que se sienta por alguien, si ese alguien no cumple nuestras expectativas o sencillamente no nos corresponde de la misma manera, es mejor alejarse o dejar ir.
Habrá quienes opinen que si realmente se ama, todo lo demás es secundario. Para mi es un NO rotundo.
Si la persona a la que se ama nos condiciona, nos miente, nos anula, nos subestima o sencillamente no nos permite ser seres libres e independientes, es mejor alejarse o dejar ir. Si no nos quiere como merecemos ser queridos, es mejor alejarse o dejar ir.
NO, el amor no lo debe aguantar todo. El amor NO debe soportarlo todo. Entre otras cosas, porque si se dieran las anteriores circunstancias, podría llamarse de cualquier manera menos amor.

Para terminar, hay un poema de José Ángel Buesa, titulado “Se deja de querer”, que a mi personalmente me encanta, y que aunque ya he compartido aquí alguna vez, vuelvo a rescatar.

Se deja de querer, y no se sabe 
por qué se deja de querer. 
Es como abrir la mano y encontrarla vacía, 
y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue. 

Se deja de querer, y es como un río 
cuya corriente fresca ya no calma la sed; 
como andar en otoño sobre las hojas secas 
y pisar la hoja verde que no debió caer. 

Se deja de querer, y es como el ciego 
que aún dice adiós, llorando,después que pasó el tren;   
o como quien despierta recordando un camino, 
pero ya sólo sabe que regreso por él. 

Se deja de querer como quien deja 
de andar por una calle, sin razón, sin saber; 
y es hallar un diamante brillando en el rocío, 
y que, al recogerlo, se evapore también. 

Se deja de querer, y es como un viaje 
detenido en la sombra, sin seguir ni volver; 
y es cortar una rosa para adornar la mesa, 
y que el viento deshoje la flor en el mantel. 

Se deja de querer, y es como un niño 
que ve cómo naufragan sus barcos de papel; 
o escribir en la arena la fecha de mañana 
y que el mar se la lleve  con el nombre de ayer. 

Se deja deja de querer, y es como el libro 
que, aún abierto hoja a hoja, quedó a medio leer; 
y es como la sortija que se quitó del dedo, 
y sólo así supimos que se marco en la piel. 

Se deja de querer y no se sabe 
por qué se deja de querer... 

jueves, 20 de febrero de 2014

Desterrados florecientes

Hoy no escribo un post autobiográfico, aunque sí me siento muy reflejada en el contenido del mismo. 
Hace unos días, el (para mi) inigualable Miguel Ángel Revilla, compartió en su facebook el enlace de una carta escrita por una paisana suya, que aborda su sentir ante la situación que estamos viviendo en este país y que ha supuesto que muchas personas hayan tenido que tomar la decisión de hacer la maleta, con el fin de buscar nuevas alternativas laborales. Quizás sería más conveniente decir, en busca de UNA ALTERNATIVA LABORAL.
No quiero extenderme en la introducción de este post, porque la carta en sí, lo dice todo, o al menos, yo me he sentido completamente identificada con la autora, cuyo nombre es Cristina Torres Manrique.
Reproduzco íntegramente su misiva, aún segura de que muchas personas ya la habrán leído, pero con el ánimo de que sirvan sus letras, para dejar constancia del sentir de muchas personas que, como yo, nos preguntamos cada día, qué va a pasar con nosotros.

Desterrados florecientes 2014
Cristina Torres Manrique

NO siento que me independizo, siento que me voy de casa, pero NO que me mudo, porque tengo que medir en kg los recuerdos que me llevo. Es más un irse sola con lo puesto, pagando sobrepeso...
NO me considero un cerebro a la fuga, sino un corazón en el exilio, un cuerpo a la deriva en busca de tierra firme donde poder naufragar, y que me brinde la oportunidad de dar algún fruto.
NO emigro. NO dejo un país. Dejo a una abuela sin su tesoro, a unos padres sin la pequeña, a una hermana sin quien ocupe la otra cama, a mi familia de vida del día a día sin un pedacito. Y a mi...a mi me dejo sin todo eso y más, apostando porque mi tiempo sin compartirlo con ellos, su tiempo sin ocuparlo por mi, traerá algo bueno...algo mejor...
NO soy una bajada en las deshumanizantes cifras del paro, soy un cubierto menos a la mesa de mi casa, una silla vacía en nuestros bares, un asiento de copiloto sin la agradecida okupa a la que acercar a casa...
NO es, por la más que lo repitan, una experiencia enriquecedora, llena de retos nuevos que brindarán anécdotas que contar, ni yo soy Dora la Exploradora movida por mi espíritu aventurero, ni creo dar motivo alguno para que el rey esté envidioso de mi vida (lo que hay que leer). Lo publicitan como oportunidad a aprovechar, que depende dónde vayas viene bien para aprender idiomas (what???). Cuando simplemente, cada uno de los afortunados por poder hacerlo (curiosa y contradictoria fortuna la nuestra) elige, como bien leí en alguna manifa, la salida que mejor le viene de las tres que nos ofrece este país: por aire, mar o tierra...
NO es exótico, ni el súmmun, NO son unas vacaciones pagadas, lo que es, es un esfuerzo más que pido a los míos, a los que desde vi la luz, independientemente de quien gobierne, llevan dándolo todo por mi, por mi futuro. Años y años de juntar y ahorrar, disfrutando con mesura y sin despilfarrar, que NO falte pero sin que caiga de los bolsillos como si NO costase ganarlo, haciendo malabares para darnos todo lo imprescindible y más, a base de querernos más que a nada en el mundo y de trabajo, mucho trabajo (porque en mi casa, como a la de la mayoría, NO llegaban sobres blancos con dinero en negro para redondear el mes). Todo para acabar viendo que nada, ni su sudor, ni su entrega, ni su honestidad, ni su cumplir con la sociedad es recompensado. Y encima, NO contentos con eso, les obligan a ver cómo su proyecto de vida, su siguiente generación, quizás la primera que pudo ir a la universidad, queda retenida y presa en casa, privada hasta de sueños y esperanza...
NO es en absoluto justo, pero es a ellos, justamente a ellos, a los honrados por cuyas venas corre sangre de indignados primigenios, gracias a cuyas acciones y reacciones se logró alcanzar la calidad de vida que disfrutábamos (y este paso pronto ni recordemos que tuvimos), a los que les vienen a decir que vivieron por encima de sus posibilidades...ja-ja-ja, como si esperar unos frutos después de la siembra fuera de incívicos, corruptos y avariciosos. A los incombustibles tras mil y una batallas, les pedimos que den una más (sin poder prometer que será la última...ni mucho menos), que ésta nuestra, la tomen como suya, y lo grandioso es que NO les supone ningún esfuerzo, ninguno, y ahí están, codo con codo, les puedes ver al lado tuyo en cada protesta, porque ellos no fallan, siempre van, se lo he oído decir en más de una ocasión, “NO se pueden quedar en casa sin hacer nada”. Porque nunca se adormeció ni acomodó su espíritu combativo, ni perdieron esa visión global, de colectivo, que les hizo fuerte en el pasado pensando NO sólo en ellos mismos y en el ahora, sino peleando por un todos mejor, hoy y mañana...
NO quieren oír nuestras voces en la distancia, NO las prestan atención en las plazas, lo van a hacer llegando con otros vientos...Pero si algo tenemos, NO es una fortuna cualquiera, sino LA FORTUNA de contar con los mejores representantes, para que no se acallen nuestros ecos que atraviesan fronteras, buscando resonar hasta taladrar los muros de mentiras que levantaron para NO escucharnos. Y NO son otros que ellos, nuestra gente, los que NO nos dejarán jamás caer en el olvido, los voceros capaces de hablar por nosotros y por ellos mejor que nadie, que viven en carne propia lo que significa nuestra salida por la puerta de atrás, cabizbajos, con el título debajo del brazo, y sin billete de vuelta. Padres, madres, hermanos y abuelos de emigrantes, que si juntásemos en una sola plaza, esa imagen hablaría por sí sola y quizás, permitiría tomar mejor conciencia de que ya nunca más seremos la generación perdida, sino que hemos pasado a ser la generación que perdió un país.
NO nos dimos por vencidos con nosotros mismos, al contrario que la nación donde nos formamos, que rápidamente nos arrojó al cajón de los desastres, de los casos perdidos, lo cerró con llave y la tiró al fondo del mar para seguir con otra cosa, haciéndonos parecer un mínimo daño colateral, un mal menor a tapar y negar, queriendo que creyeran (y creyéramos), que no valíamos nada y para nada. Pero nosotros, por más que la vida se nos congelase como las cuentas en los bancos, seguimos respirando cada día, NO nos rendimos ni dejamos de hacer planes, ni dejamos de creer que de algún modo en algún sitio, tiene que haber un futuro que nos incluya, que cuente con nosotros, en el que se valore y sea útil todo el camino recorrido hasta este momento, el tiempo y dinero invertido, el esfuerzo...NO cejamos en la búsqueda de nuestro lugar en el mundo, porque con ellos nos va (y se nos va) la vida...
NO se puede permitir que tras pantallas de plasma, porque ya ni la cara dan, se atrevan a disfrazar la verdad a su antojo, pintándola de un color verde esperanza. SÓLO nosotros, SÓLO los que vivimos esta realidad de desarraigo voluntario diario forzoso, tenemos derecho a maquillarla y ponerle vestido de fiesta para que sea más fácil bailar con ella, aún cuando el día de principio a fin, pareciera tener dos pies izquierdos. Porque además, a muy pequeña escala, cada uno sabe lo suyo y NO lo de los demás, jamás me atrevería a hablar liviana o dramáticamente de otros con distintos destinos. Cada cual es una historia con más o menos acierto y suerte, algunos protagonizarán “españoles en el mundo” y mostrarán su mejor sonrisa diciendo que lo que más extrañan es el jamón serrano, dudando si algún día volverán, y otros harían el equipaje al empezar cada día, sacudiendo bien sus zapatos para NO llevarse ni el polvo de la tierra donde estén...pero sin hacerlo porque este estar mal, es algo mejor que el menos malo de los momentos que recuerda que vivió del lugar de donde se fue...
NO tengo patria más allá que el terruño a dónde se aferren mis únicas raíces, mi familia, mi gente. NO tengo ningún otro himno que no sean las montañesas que tararea mi abuela desde que se levanta, las de Sabina de mi madre, los deportes y debates de mi padre, y el pop puro y el flamenquito de mi hermana, los tristesfelices que nos juntan en los conciertos. NO respondo a ningún gentilicio, sólo mi nombre y apellidos, que NO entienden de fronteras ni límites, sino de árboles genealógicos, de orígenes, de antepasados que llegan hasta mi, de dos personas enamoradas que al verse reflejadas en esa criatura que fui, eligieron cómo presentarme al mundo de ahí en adelante.
Y ésa es quién soy, ni siquiera un número que cambia con cada renovación o territorio donde me encuentre, porque NO soy de un país, NO le pertenezco, simplemente vengo de él.
NO reniego, pero tampoco puedo, con o sin crisis, asociar un sentimiento como orgullo a provenir de un pedazo de tierra, porque NO es algo por lo que haya trabajado y me lo merezca, ni realicé una elección acertada, simplemente fue una lotería. Y sin este sentimiento cegador, puedo ver con claridad que lo que responde al nombre de España, en nada se parece al lugar, al hogar donde nací y me crié, siendo hoy por hoy una nación que ha sucumbido a los número rojos y a la letra pequeña, olvidando a las personas, obsesionado con rescatar bancos mientras condena a su pueblo a la miseria más absoluta, abandonando al eslabón más débil a su (mala) suerte. Conozco sus luces y sus sombras y como la que más, valoro sus bonanzas tanto como critico sus errores y horrores, y uno de ellos es que nos perdimos por el camino hacia ninguna parte, y en la búsqueda a encontrarnos de nuevo, el precio a pagar está siendo muy alto. Se está desangrando a la auténtica riqueza de un país, la población de base, que ya NO sabe si sobrevive o muere en vida, esperando al siguiente recorte que cercene aún más sus esperanzas de que todo esto pasará y ellos lo verán.
NO me desentiendo, mi compromiso sigue intacto y las convicciones NO se quedan en la puerta de embarque de ningún aeropuerto. NO me olvido del estado al que estoy unida por muchas vidas, que toman decisiones aberrantes y te llevan a explotar de rabia y dolor, porque NO alcanzan las horas del día ni hay suficientes palabras para ahogar el llanto que enmuedece la garganta de tantos gritos como encierra, a causa de tanta injusticia. Estar en la distancia NO es lo mismo que estar lejos o inmóvil, sigo estando enrolada al (y del) lado del pueblo español que yo conozco, el que tapa las calles, que llena las plazas, para que las cosas marchen mejor tanto para el que NO lo eligió como para el que sí lo votó. Y sí, sabes que tú no estás ahí, amenazado, recibiendo los balazos de goma de los antidisturbios, cuando se alza la voz reclamando otra forma de hacer las cosas, que basta ya, que ésta NO es la solución, que cada vez hay menos pan para tanto chorizo, que los brotes verdes se pudrieron antes de germinar...Pero verlo desde otro país NO hace que el dolor sea más liviano, ni mucho menos, la impotencia y la culpa de la ausencia son otras formas de tortura, que vienen incluidas en el pesado equipaje de esta nueva clase de desterrados de la que formamos parte...muy a nuestro pesar.
NO puedo tampoco contar sólo una parte de la historia, y por eso quiero y tengo que cambiar totalmente de registro para hablar de lo que se convierte en el segundo hogar de los que nos vamos, en concreto Latinoamérica. Porque sin duda, Sí que hay que dar las gracias, y bien alto y claro, a los países receptores que nos abren sus brazos, tornando invisibles e impalpables sus fronteras, con la firme convicción de que toda persona debe de gozar de total libertad de movimiento en su búsqueda de un lugar donde poder tener una vida mejor. Sin pagarnos con la misma moneda, sin ponernos tantas trabas que lograrían que el charco pareciera una barrera insalvable, como sí hacen nuestros gobiernos del otro lado, confundiendo necesidad con presunta delincuencia, tratando como una amenaza a todo aquel que cargado de ilusiones se acerca a sus confines. Se le llama el continente joven, pero está claro que hay conocimientos que NO aporta la experiencia, y pese que la suya ha sido breve pero tristemente intensa (lo cual nunca dejará de pesar sobre nuestras conciencias) saben diferenciar entre gobiernos y gobernados, y repartir responsabilidades apropiadamente sin que paguen justos por pecadores, reclamando a unos pocos con nombres y apellidos, dando refugio a otros muchos anónimos y desconocidos. Gracias a sus pueblos, que sin estar enfermos de amnesia, eligen confiar en que la historia NO tiene por qué repetirse, impidiendo que el pasado esté tan presente como para evitar que llegue un futuro en el que formemos parte de una gran amalgama, permitiendo así, que la diversidad sea justamente lo que nos haga contar con todo lo necesario para avanzar mejorando, sin dejar a nadie atrás. Por todo esto y mucho más, no cabe en ninguna frase todo el agradecimiento, toda la emoción que me provoca hablar de estos hermanos transoceánicos, que tanto me enseñan desde hace mucho tiempo, que admiro y quiero, que me dan el mejor ejemplo de que Sí se puede salir de ésta y de otras peores, que es posible renacer de las cenizas y volver aún más resplandecientes, que cuesta, pero podemos recuperarnos por completo e incluso mejorar, sin perder identidad, sin regalarnos, mirando más al otro, que es la única patria que existe.
NO estamos solos, algo más grande que cada uno de nosotros nos une, es nuestro momento de escribir y cambiar la historia, de tomar el relevo en este pulso, en esta carrera de fondo que se ha convertido devolver a su sitio a la Democracia, junto con el buen uso y legítimo sentido ético de la política. Somo muchos y confío en que (por más que los sondeos no alienten esta esperanza), llegado el momento sabremos elegir para qué lado tirar hasta romper la soga y salir de esta inercia de estrangulación en la que nos encontramos, a la que nos someten, convencida de que para resolverse...nunca es tarde.

La revolución llega cuando nadie la espera, la puntualidad NO es su fuerte”. D.B

jueves, 13 de febrero de 2014

SIN Valentín.

Podría escribir sobre mil cuestiones relacionadas con el amor de pareja y las flechas de cupido. 
Podría seleccionar las mejores canciones para declararse. Las recetas más románticas para compartir. Los regalos más originales para demostrar tu amor o incluso, las citas más románticas de la historia. 
Podría también hablar de amores de cuento o de película. Amores idílicos, platónicos, utópicos, contradictorios, reñidos...
Pero hoy, y sin pretender molestar a quienes creen en el 14 de febrero como el día del amor, quiero reflejar en este post otra visión de San Valentín.
Llevo muchas noches escuchando en mi programa de radio favorito, cientos de historias de "amor" (que no termino de entender) protagonizadas por mentiras, engaños, autoengaños, falta de comunicación, dependencia, maltrato emocional, secretos, intereses económicos o personales, obstáculos, miedos, temores, conflictos...
Infinidad de historias "de amor" con un mismo denominador común: la falta de amor por alguna de las partes, e incluso por ambas partes.
Escucho repetidamente la misma historia, con distintos protagonistas (mujeres y hombres), que se sienten presos de unas circunstancias que les impiden ser felices. Incapaces de tomar la decisión de seguir su camino en solitario, de romper una historia de amor que hace tiempo, dejó de serlo.
Esas personas cuentan el por qué naufragó su barco en las aguas del desamor. El momento en el que empezó el declive de su relación de pareja e incluso lo que pudo llevarlos a arrojarse en otros brazos buscando unas migajas de autoestima, comprensión y cariño. 
Lo realmente curioso, triste e incomprensible (a mi modo de entender). es que muchas de esas personas, prefieren seguir viviendo una mentira, antes de asumir que el amor caducó.
Para todas esas personas que celebran el  "día de los enamorados" porque "es lo que toca", porque "hay que quedar bien" con la pareja, o porque se han acumulado los "trapos sucios emocionales" y necesitan con urgencia un buen centrifugado, va este post.

"SIN" VALENTÍN.

Cuánta  hipocresía  envuelta en papel de corazones, tratando de pronunciar el “te quiero” que tantas veces faltó.
Quieres hacer de hoy un día especial, sin pensar en cuántos momentos perdiste, por tu orden de prioridad.
Quieres celebrar una fecha que no deja de ser una más, con flores de vivos colores que pronto marchitarán.
Olvidaste las muchas promesas que hiciste, los sueños que no cumpliste y hoy lo quieres compensar.

Me pregunto...

Cuántos cajones vacíos de ilusiones, pretendes ahora llenar con deliciosos bombones.
Cuántas tardes oscuras pretendes aromatizar, con ese nuevo perfume que compraste sin dudar.
Cuántas heridas y daños pretendes cicatrizar, con un oso de peluche que dan ganas de abrazar.
Cuántas lágrimas vertidas pretendes hoy recoger, con un bolso de tendencia que nunca se ha de poner.
Cuántas palabras no dichas pretendes hoy pronunciar, con el abrazo espontáneo que tanto se ha hecho esperar.
Cuántas páginas en blanco pretendes hoy escribir, con la música que antaño tanto les hizo sentir.
Cuántas caricias perdidas pretendes poder reemplazar, llevándola a un restaurante e invitándola a cenar.
Cuántas miradas de amor pretendes recuperar, si sabes que el tiempo pasado ya nunca regresará.

De nada sirve que hoy quieran volver atrás con nuevas promesas de amor que nunca podrán cumplir, porque saben que en el fondo, hace tiempo, mucho tiempo, que dejaron de sentir.
Hoy harán la pantomima y fingirán que todo está bien, preguntándose en un beso, cuándo se dejaron de querer.



PD. A la persona que ocupa mi corazón. La que aguanta cada uno de mis momentos. La que comparte mis noches y despertares. La que me protege y me cuida cada día. La que me levanta cuando me caigo. La que me arrastra cuando pierdo la fuerza. La que me regala a diario todo su amor. Sòlo decirle...GRACIAS por NO HACER DE SAN VALENTÍN UNA FECHA ESPECIAL sino un día a día.