martes, 28 de julio de 2009

Terrorismo doméstico...amores que matan

Son las 9:17 horas de este martes 28 de julio y acabo de tomarme un café a hurtadillas porque me he vuelto a levantar con el tiempo justo para llegar al trabajo. Una escapada rápida me ha permitido adquirir mi primera dosis matinal de cafeína.
Hoy apenas suena el teléfono, se nota que estamos en pleno verano y que la mayoría de la gente está más preocupada de gestionar su período vacacional que de “luchar” contra la Administración.
La llamada de una señora interesada en contactar con la Oficina Comarcal de atención a las mujeres víctimas de maltrato, ha disparado una especie de alarma en mi cabeza. Su voz tímida, apagada y temblorosa me ha recorrido todo el cuerpo proporcionándome un extraño escalofrío.
Automáticamente mi cerebro se pone en funcionamiento e imagino las circunstancias que han llevado a esta señora anónima para mi, a decidirse a llamar. Sobre la marcha deduzco que necesita ayuda profesional, asesoramiento jurídico o atención psicológica, para salir de una realidad que la atormenta en silencio.
Probablemente será la primera vez que marque ese número de teléfono, a pesar de que la idea le habrá rondado miles de veces por la cabeza.
Probablemente se sienta avergonzada y culpable por buscar ayuda, por hablar de su situación personal y darse cuenta de que es real, aunque lleve tiempo empeñada en creer que lo que le pasa es algo puntual y pasajero.
Seguramente se pregunte si realmente es una víctima de la violencia de género o quizás lo que le está sucediendo sea culpa suya por no ser tan buena compañera, esposa o amante como debería.
Quizás los últimos insultos de su pareja aderezados con algún que otro golpe, hayan sido la gota que ha colmado el vaso. Quizás se haya dado cuenta de que de seguir así, él podría arrebatarle la vida en una de tantas “discusiones”. Quizás se haya cansado de ocultar con maquillaje las huellas de sus desavenencias y aparentar que no pasa nada. Quizás no pueda soportar por más tiempo el asco que le supone “tenerlo encima” y fingir placer, cuando él llega a casa con ganas de pasarlo bien y ella se convierte en un mero objeto sexual, para evitar otra discusión.
Al igual ha sido la mirada de espanto de sus niños al escuchar los gritos tras las puertas cerradas con llave. Las lágrimas derramadas y las que quedan por derramar. La vergüenza de cruzarse en el ascensor con el vecino que todo lo oye pero que finge no darse cuenta de nada. La rabia de tener que callar todo lo que le gustaría gritarle sin miedo a represalias, o sus ganas de vivir en paz, de construir una nueva vida en la que no quepa el miedo y el dolor. Quizás esos hayan sido los detonantes para decir ¡basta ya!. Quizás por alguno de esos motivos o por cualquier otro, haya decidido salir del particular infierno en el que la ha metido uno de tantos hijos de puta cobardes e infelices, que miden su hombría por el tamaño de lo que les cuelga entre las piernas.
Quizás me esté montando una película disparatada y sin sentido. Ojalá todas estas divagaciones no tengan nada que ver con la vida de esa señora ni de ninguna otra, pero me temo que no voy mal encaminada. Basta con leer la prensa diaria para comprobar que no exagero.
La violencia doméstica se ha extendido como si se tratara de una epidemia, tanto es así que da miedo, es alarmarte. Asusta que la persona a la que quieres o que un día quisiste, haya podido contagiarse e intente “curar su machismo” con golpes físicos o psíquicos.
Desconozco los motivos que tiene cada mujer para soportar de forma prolongada una situación de violencia doméstica, especialmente cuando, como en mi caso, el maltrato no pasa por lo físico y no hay marcas que delaten esa pesadilla. Pero sí sé cuáles fueron los míos. Sé por qué aguanté su falta de respeto, las subidas de tono, el que me hiciera sentir culpable de cada una de las discusiones y hasta que me acostumbrara a pedir perdón por ser como soy.
La falta de autoestima minó mi vida anulando mi personalidad. El amor mal entendido. El justificar lo que nunca debí considerar normal en una pareja, y el negarme a creer que alguien que me quería de verdad pudiera hacerme daño a propósito, no me permitieron darme cuenta de que el verdadero amor no entiende de ningún tipo de maltrato. Por eso, aguanté sin darme cuenta de que aguantaba.

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