domingo, 27 de julio de 2014

Amor y puntos suspensivos (Relato corto)

Con la llegada de septiembre, llegarían también sus segundas vacaciones como “single”. Esa palabreja tan chic y de moda, que no deja de ser una máscara para evitar decir que realmente no compartes tus despertares con nadie.

Hacía ya dos años que su relación con Mario había terminado. Desde entonces había tratado de parchear su corazón descosido, pero el arte del buen zurcir nunca se le ha dado bien.

Muchas veces sigue pensando que lo encontrará al llegar a casa, que en cualquier momento sonará su teléfono y escuchará su voz para pedirle una nueva oportunidad. Aún busca su olor a loción de afeitar o el perfume que tantos años impregnó su almohada. 

En esos momentos, cuando los recuerdos atacaban sin piedad, Verónica era más consciente que nunca de su realidad, llevaba mucho tiempo siendo la única dueña del mando a distancia.

-”No se puede obligar a nadie a quererte. Se acabó el amor y sucedió lo que tenía que suceder”- se decía. Muchas veces para evitar ahondar en los por qué, dos años atrás, decidieron soltarse de la mano para continuar por caminos diferentes. De mutuo acuerdo, sin escenas de reproches, sin gritos, sin faltas de respeto. Sólo con alguna lágrima furtiva surcando las mejillas de ambos.

Desde hacía meses apenas compartían buenos ratos. Habían dejado de salir juntos a divertirse, ni reían juntos.Tan ocupados siempre en los problemas del trabajo y en mantener a flote una economía en declive, que no permitía muchos lujos ni caprichos.

Poco a poco empezaron a convertirse en dos extraños que se conocían sin reconocerse.

Verónica al principio no le dio demasiada importancia, pensó que quizás se debía a un mal momento, pero estaba segura de que pasaría. Si hubiera algo más, Mario se lo contaría como había hecho siempre. Pero nunca hubo una explicación, aunque ella trató de buscarla, sin éxito alguno hasta que terminó por jugar al mismo juego.

Sin darse cuenta, la rutina y las obligaciones se impusieron a todos aquellos momentos que diez años atrás los habían unido. Una década compartiendo los mismos sueños que hoy reposaban en camas distintas y quizás, con personas distintas.

Habían perdido todo contacto, pero Verónica sabía por algún amigo común, que Mario había salido con varias sustitutas, aunque no tenía la certeza absoluta de que hubiera encontrado a la mujer definitiva.

Ella por su parte, también había salido con otros hombres en un intento de sentirse mujer, aún después de cumplir los cuarenta. Esa edad en la que te sientes un poco extraña ante determinadas situaciones nuevas, porque ni eres tan joven para hacer tonterías, ni lo suficientemente mayor como para llevar una vida demasiado aburrida, sin sobresaltos.

Citas a ciegas que sus mejores amigas se empeñaban en organizar para ella y de las que al final, sólo quedaban algunas anécdotas para escribir en su diario de single o compartir con ellas tomando un café.

No quería reconocer que en aquellos desconocidos, de alguna manera, esperaba reconocer el brillo de los ojos de su ex, porque a Mario siempre le brillaban los ojos cuando la miraba, aunque en los últimos meses de relación, ese brillo se hubiera apagado.

Mario había pasado por varias camas, había salido con algunas compañeras de oficina, dispuestas a conquistar a un hombre como él, que durante tanto tiempo había sido inalcanzable. Se había ganado la admiración entre las féminas de su empresa, porque era de esos pocos hombres, que no giraban la cabeza ante unas piernas enfundadas en altos tacones, ni tomaban nota mental de la talla de sujetador de su compañera.

Desde la ruptura con Verónica, su soltería se convirtió durante varias semanas, en la comidilla de las reuniones improvisadas en torno a la máquina de café.Sus compañeras especulaban e inventaban toda clase de razones para explicar los motivos, inclinándose siempre la balanza hacia una infidelidad por parte de Verónica, que lo había dejado a él fuera de combate.

Mario era un hombre prudente. Jamás hablaba de su vida privada y mucho menos de lo que aún sentía por Verónica. Ni él mismo quería admitir que su nombre le seguía quemando por dentro. Su recuerdo seguía haciendo que se estremeciera.

Muchas veces deseaba que le avisaran desde centralita de que su chica estaba al otro lado del teléfono, como antaño, cuando todo el estrés se esfumaba como por arte de magia cuando la escuchaba. Verónica tenía esa capacidad de hipnotizarlo sólo con su voz.

Para volver a la realidad, Mario se recordaba a sí mismo que esa relación se había terminado. Ambos habían decidido cerrar aquella historia. Ella no había puesto ningún tipo de objeción y no sería él quien diera su brazo a torcer.

Había sido bonito mientras duró, pero no podía olvidar que los últimos meses ni ella ni él se reconocían en lo que fueron, dos enamorados dispuestos a comerse el mundo.

-"Es lo que hay"-pensó Mario-y echó la vista atrás en un análisis improvisado de los últimos meses que pasaron juntos.

Las jornadas laborales ya no eran de ocho horas. El tiempo de ocio fuera de casa se sustituyó por pizza congelada y cerveza del supermercado (la que estuviera en oferta). Las noches que podían salir a bailar estaba demasiado cansado como para mover un sólo músculo. Hasta sus relaciones íntimas habían disminuido y las pocas veces que hacían el amor, terminaban casi sin mediar palabra. Buena culpa de ello la tenía el despertador, que sonada cada vez más pronto desde que en su empresa habían impuesto una jornada laboral más larga, en un intento desesperado de aumentar la productividad, tras una reducción de personal de la que él se había librado.

Esa espada de Damocles sobre su cabeza, no le permitía sentirse libre, y lo alejaba cada día más de ella, que por otra parte, tampoco hizo nada por mejorar las cosas. Simplemente se dejaba llevar por el devenir de las cosas, sin pedir ni dar más.

Tenía 45 años y aunque su curriculum como publicista no estaba nada mal, le atemorizaba enfrentarse a una carrera de fondo buscando un nuevo empleo. Jornadas maratonianas buscando un nuevo lugar donde ganarse la vida.

Lo veía a diario, personas de todas las edades, con mucho talento y formación, llegaban a su empresa buscando una oportunidad. Los currículums se amontonaban en el cajón de recursos humanos donde, en el mejor de los casos, quedaban relegados al olvido, porque otros muchos iban a parar directamente a la trituradora de papel.

No fue capaz de confesar a Verónica esos miedos con los que convivía cada día, noche tras noche. No supo hablarle de su frustración ante los despidos de sus mejores colegas de oficina. No quiso contarle que quizás él sería el siguiente. Por eso debía demostrar más que nunca, que era bueno en su trabajo, aunque ello supusiera aceptar trabajar más horas y una reducción de salario que se notaba y mucho, en la economía doméstica.

A veces era más fácil fingir un desánimo absoluto para evitar salir de copas y ahorrar algo de dinero. Así evitaba contarle a Verónica que debían estudiar la posibilidad de prescindir de ciertas cosas que hasta el momento formaban parte de su cotidianidad. Era incapaz de arrebatar su ilusión de mudarse a una casa más grande, por si se hiciera realidad el deseo de formar una familia.

En el último año, su situación laboral había mejorado. Los miedos y fantasmas que habían teñido de negro su futuro más inmediato, poco a poco habían ido disipándose. Gracias también a la ayuda de su amiga Laura, psicóloga de profesión, con la que había mantenido varias sesiones extraoficiales de terapia, mientras tomaban una caña, como cuando iban juntos a la Universidad.

Laura, más como amiga que como profesional, siempre le repetía que se había dejado llevar por los acontecimientos sin que estos hubieran llegado. Había dejado escapar a la que, sin duda, era su perfecta mitad por no atreverse a asumir sus miedos y dejarse ayudar. Su amiga estaba segura de que Verónica no habría permitido que se hundiera solo en sus problemas y se habría convertido en su mejor salvavidas.

Estaba convencida de que Mario, su amigo de toda la vida, estaba pagando un alto precio por su inseguridad, por el miedo a perder a la mujer que lo complementaba, haciendo para evitarlo, todo lo que no se debe hacer. Anteponiendo su miedo a un despido y a no disponer de recursos para materializar sus planes, a lo realmente importante, una relación que durante años fue su mayor soporte.

-”Así es la vida Laura”- decía él. -“A veces se gana y a veces se pierde, y a mi me tocó perder. Nos habíamos alejado demasiado y nos mirábamos sin vernos. No supimos deshauciar la rutina que llegó a casa para instalarse. Han pasado dos años y probablemente me haya olvidado. Con total seguridad habrá rehecho su vida. Es una mujer muy atractiva e inteligente. Ojalá haya encontrado la felicidad que tanto perseguimos juntos y dejamos escapar”-.

Con una sombra en la mirada, Mario terminó la que era su tercera cerveza de un viernes por la tarde.

En su casa, Verónica había preparado toda suerte de aperitivos salados y algunas latas de coca cola, para pasar ese viernes noche haciendo zapping frente a la televisión. Ese fin de semana sus mejores amigas tenían la agenda ocupada, con lo cual tendría que idear algún plan para ella. Esperaba que el sábado amaneciera invitándola a coger la toalla y un buen libro para tumbarse al sol y con suerte, hasta darse un baño de agua salada. La playa era de aquellos pocos planes que no tenía problema en ejecutar de forma individual, pero el tiempo era tan variable, que no sabía si era más oportuno ponerse el bikini o una buena sudadera.

En esos pensamientos estaba enfrascada cuando reparó en un anuncio publicitario que había visto miles de veces, y al que ésta vez decidió prestar un poco más de atención. Una página para solteros exigentes. Ella era exigente. Lo demostraban sus dos años de soltería, sin conformarse con amores pasajeros ni citas preparadas, por muy bueno que fuera el restaurante o por muy inflada que estuviera la Visa de quién invitaba.

-”¿Por qué no?”- se preguntó a si misma. -“Quizás haya alguien tan exigente como yo esperándome al otro lado de la pantalla. Quizás a pesar de todo, encuentre a alguien que lleve buscándome toda la vida y resulte ser el compañero ideal para compartir cada uno de mis días”-.

Limpió la capa de polvo que cubría su ordenador portátil y lo encendió. Tecleó aquella dirección que aparecía en el anuncio y una pantalla de un azul brillante se abrió ante su atenta mirada, mostrando un montón de nombres de supuestos solteros exigentes.

-”A ver Verónica, empecemos por filtrar nombres haciendo una lista de exigencias básicas o estaremos aquí toda la noche”-se dijo.

Edad: más de 40 y menos de 50 
Altura: entre 1,70 y 1,85

Pulsó enter. La lista seguía siendo demasiado larga, habría que filtrar un poco más.

-”Puestos a ser exigentes, que tenga pelo y una bonita sonrisa (al menos que tenga todas las piezas dentales), vehículo propio y estudios superiores. Seguro que así, ahorro tiempo”- pensó en voz alta.

Efectivamente la lista se había reducido considerablemente y ahora sólo era cuestión de empezar.

Fue leyendo perfiles hasta que su mirada se detuvo en una fotografía. Era la imagen de unos ojos que le resultaban extremadamente familiares. Sólo unos ojos, era todo cuando podía observarse en aquella imagen. Desplegó la descripción de aquella mirada y leyó lo siguiente:

Hombre de 45 años, soltero y sin hijos. Licenciado en Marketing y Publicidad desea conocer a alguien que le devuelva las ganas de enamorarse, tras perder por estúpido y cobarde, al amor de su vida. Alguien con quien comenzar un nuevo proyecto.Busco a una mujer que llene mi cuerpo de cosquillas y le devuelva a mis ojos el brillo que con ella, se marchó. Sólo quiero conocer a una chica que sea capaz de regalarme la luna con un beso y que me llame al trabajo para quitarme el estrés.Que le guste salir a bailar, la pizza congelada y desayunar fuera los domingos.Una mujer que tenga la capacidad de hacerme olvidar su nombre, el sonido de su risa y me ayude a recuperar el sentido de una vida que sin ella, es menos vida. 
Si cumples con todas estas exigencias, no dudes en contactar conmigo. Mi nombre es Mario”.

Verónica estupefacta y temblorosa leyó tantas veces aquel mensaje que hubiera sido capaz de recitarlo de memoria. Abrió una botella de vino, de esas que guardaba para ocasiones especiales y encendió un cigarrillo en un intento desesperado de calmarse.

El corazón le latía aceleradamente y sonaba tan fuerte que parecía escuchar su eco en el salón de su pequeño piso.

No daba crédito a lo que acaba de descubrir. Era incapaz de poner orden a las miles de cosas que pasaban como estrellas fugaces por su mente. Así que él no había dejado de quererla. Mario no la había olvidado.

Sin perder más tiempo sus dedos teclearon apresuradamente una respuesta para los ojos de aquel amor inconcluso, que ahora la miraban a ella.

Cumplo con cada una de tus exigencias, salvo que no quiero que olvides su nombre ni el sonido de su risa.Me gusta salir a bailar pero tampoco me importa quedarme en casa a comer pizza congelada y beber cerveza de oferta. Desayunaremos fuera los domingos y te regalaré la luna en cada uno de mis besos.Estoy dispuesta a retomar ese proyecto de vida que se cerró por no tener la valentía de mirarnos a los ojos. Por esperar que fuera el otro, quien diera su brazo a torcer”.Tuya siempre...Verónica.

Pulsó con tanta fuerza la techa para enviar que temió haber despertado al vecino. Sus ojos estaban abiertos como platos, incapaz de pestañear para asegurarse de que su mensaje había sido enviado correctamente al destinatario de aquellos ojos.

-”Mario, Mario, Mario...”-repetían sus labios en voz alta.

Y de pronto, un mensaje apareció en la pantalla del ordenador. Leyó atropelladamente aquel aviso que decía. "Lo sentimos, el mensaje no pudo ser enviado al destinatario, puesto que este perfil ha sido desactivado por el usuario en las últimas 24 horas”.

No daba crédito a lo que leía. Un día, sólo un día, 24 horas de nada, la volvían a separar del que, sin duda, era la persona que llenaba su vida cada amanecer. Ahora más que nunca estaba convencida de ello pero quizás era demasiado tarde...



5 comentarios:

  1. Guauuuu!!! ya ladro en vez de cantar como un pájaro :) el cuento es genial, dime que continuará porfa... tiene todos los ingredientes para atrapar, además está muy bien escrito.
    Un abrazo cálido

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  2. Tu ladrido me ha llegado al corazón :-). Gracias por seguir posándote en mi rama y dejarme tus palabras, que siempre son un aliento a seguir adelante. Quizás haya una segunda parte de la historia, en ello estoy trabajando.jajajaja. Un beso fuerte.

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  3. Pues ya te puedes poner a escribir, estas tardando. ... Engacha y llega miniña, hace calor y no estoy sudando pero el cuello de mi camisa está mojado.

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  4. Voy a copiar a Alondra...jaja...guaauuu...me ha encantado...y espero continuació...bessooss

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  5. Millones de lágrimas rodaron por mis mejillas al leer este post! Dioooos!

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