miércoles, 20 de abril de 2011

El optimista y el pesimista

Cuando todas o casi todas las miradas están puestas en el partido que disputan los dos grandes equipos de este país, los mios curiosean entre páginas de internet, sumergiéndose entre páginas donde encontrar "algo interesante" que llevarme a la cama.
Acabo de encontrar una historia, que me gustaría compartir en estos retales, porque me ha impactado la facilidad con la que podemos mejorar nuestra percepción de las cosas y de los propios problemas, simplemente cambiando la forma de pensar. Algo tan simple pero tan complejo a la vez, como ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío.
Quienes siguen estos retales, saben de sobra que me gusta mucho reflexionar sobre historias que guardan un mensaje que cada uno puede hacer suyo.
Les invito a que dediquen unos minutos más, a leer esta historia, porque estoy segura de que puede aportar un pequeño rayo de luz a la oscuridad de cada uno.

EL OPTIMISTA Y EL PESIMISTA.

Éranse una vez dos niños, uno optimista y otro pesimista. En casa, cada uno disponía de su propio cuarto de juegos. El pesimista lo tenía todo lleno de juguetes que le habían regalado sus familiares y amigos con motivo de su cumpleaños. El niño, nunca los recibía con alegría y entusiasmo, pues el regalo que más ilusión le hacía era un tambor, y nadie se lo regalaba. Tal era su obsesión por conseguir un tambor, que no llegaba a contentarse con sus juguetes, por muy bonitos y divertidos que fueran. Eso explica por qué todos los juguetes estaban tirados por el suelo, completamente abandonados por su dueño.
El pequeño optimista no era tan afortunado. Lo único que tenía para jugar era un montoncito de estiércol y un tenedor.
Una tarde, los padres de ambos niños, se asomaron a sus cuartos de recreo de sus hijos para verlos jugar. Como de costumbre, el pequeño pesimista estaba lloriqueando porque no encontraba su tambor entre sus muchos juguetes.
En el cuarto del pequeño pesimista, el panorama era muy distinto. Al asomarse, vieron a un niño risueño y feliz, escarbando animadamente con el tenedor entre el estiércol. Mientras removía la pestilente masa se decía en voz alta, con los ojos llenos de emoción: "si tenemos estiércol en la granja, es porque hay un caballo cerca".

Espero que les haya gustado tanto como a mi. Es toda una lección para aprender a ser un poco más optimistas con nuestra vida, valorar más lo que tenemos y quejarnos menos de lo que nos falta.
FELIZ SEMANA SANTA.

5 comentarios:

  1. Magdalena, me cuesta imaginarme a alguien capaz de regalar un montón de estriercol y un ¿tenedor? a un niñor, pero superada la imagen mental (raro, raro) me gusta el modo de resolver la situación, tendemos a valorar lo que no tenemos y despreciamos lo entregado, pero creo que tu relato va más allá, valorar lo que tenemos más allá de lo que es, desde lo que significa, desde lo que puede ser, y sobre todo desde lo mucho que podemos construir con ganas e ilusión.

    (me encanta que hayas vuelto)

    ResponderEliminar
  2. ¡Hola Magdalena! si miramos alrededor siempre podemos sentirnos privilegiados porque estamos en el centro de la botella...
    ¡Que no decaiga el ánimo! Besitos

    ResponderEliminar
  3. Magda yo la verdad es que no entendí la historia...pero el mensaje en general sí

    ResponderEliminar
  4. Grcias chicas.
    Siempre será mejor pensar en positivo...
    Nazaret, si has entendido el mensaje, me doy por satisfecha.
    Un beso para las tres

    ResponderEliminar
  5. Bonita historia, bonito cuento, más de lo mismo, es la vida así... Sólo queda esperar aprender de estas cosas para hacernos más fuertes y más maduros, para valorar más todo lo que tenemos y no le hacemos ni caso.... Besossss.

    ResponderEliminar