lunes, 20 de julio de 2009

Aquellos veranos...

Comienza una nueva semana y el mes de julio avanza tan frenéticamente que me da la sensación de que se escapa y no logro alcanzarlo, de que no logro seguir su ritmo. Lo mejor de todo, es que ya queda menos para mi período vacacional, lo que supondrá un buen y merecido descanso en mi últimamente tan “desordenada” vida. (sobre eso tengo mucho que contarte)
El mes de agosto siempre ha sido muy especial para mi, quizás porque nací en la segunda mitad del mismo, lo que me identifica como un signo de fuego. También porque me encanta la playa, y los sofocantes calores del mes de agosto, eran la excusa perfecta para pasar en remojo las tardes con mis amigas, entre chapuzón y chapuzón, corrillos improvisados para jugar al “boley” y si se terciaba, para “tontear” con algún chavalito de piel morena y cabello estropeado por los efectos de la sal y el sol.
También era el mes ideal para “ventilarnos” en familia alguna que otra noche con la brisa del mar. Era todo un acontecimiento irnos a la playa cuando caía el sol para que el aire marino permitiera que mi padre descansara un poco del indomable calor que no le dejaba pegar ojo, en una casa que siempre ha sido un auténtico horno en la época estival.
Tengo muchos recuerdos de los veranos que viví cuando aún tenía que coger una guagua si quería ir a la playa. Recuerdo cómo bajaba corriendo las interminables escaleras que conducían a la parada, con la comida aún en la boca para no quedarme en puertas o con un bocadillo en la mochila, que sería mi gran manjar del día cuando el sol lo hubiera puesto blandengue, derritiendo el insustituible queso amarillo que acompañaba con todo.
Ahora que estoy pensando en ello, recordar aquellos veranos en los que el tiempo sólo contaba para no llegar tarde a la estación, cuando sólo llevábamos en la mochila una toalla cualquiera, un bocata y un refresco, me ha arrancado una sonrisa. Ni móvil, mi mp3, ni cremas solares, ni libros, ni neveras portátiles, ni sombrilla, ni tarjetas… no teníamos miedo a aburrirnos en las muchas horas que pasábamos tirados en la arena.
Me he desviado un poco del tema sobre el que quería escribir hoy pero da igual, porque aquellos veranos en los que terminaba completamente tostada como una castaña, compartiendo el tiempo con mis amigas de la infancia y compañeros de instituto, revolcándonos en la arena, comiendo pipas y helados, me han traído muy buenos recuerdos.
Hay que ver cómo han cambiado las cosas, cómo va cambiando la vida a medida que cumples años…Ahora los veranos no distan mucho de otras estaciones del año, salvo por los cambios de temperatura. Nuestras obligaciones y responsabilidades no distinguen los meses, las preocupaciones del día a día no entienden de vacaciones. Y aunque ya falta poco para mi época estival, tal y como te comenté al principio, mucho me temo que estas vacaciones no tendrán nada que ver con los revolcones en la arena y el bocata blandengue de aquellos años.
No obstante, presiento que a pesar de algún que otro “mal rato” que me espera en los próximos meses, estas vacaciones me dejarán un buen sabor de boca, serán distintas a las de los últimos años, entre otras cosas porque yo también soy otra persona y lo que me rodea también ha cambiado.
Por primera vez en los últimos años no tengo una reserva de avión, ni una habitación de hotel esperándome, ni entradas para el teatro. Por primera vez en los últimos años, no tendré que comprar una guía de viaje que se sume a otras ya arrugadas en mi estantería, ni desempolvar grandes maletas para llenarlas de tanta ropa que al final ni utilizaba.
A pesar de ello, por primera vez en los últimos años, me da exactamente igual no tener ese tipo de plan. Mi felicidad ahora pasa por otras cosas más importantes, por otras cuestiones que “hay que resolver” y por otros asuntos que me interesan más...
En el fondo sé que estas vacaciones, de una u otra forma, serán inolvidables.

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